Necesito de los demás para crecer

En Argentina la cuarentena sigue y los derechos de los niños se ven cada vez más vapuleados, las escuelas permanecen cerradas y las instancias de compartir respetando reglas y normas se diluye, obligando a padres y madres a buscar límites donde no los hay y a encontrar maneras creativas de vincular a nuestros hijos con otros para que no pierdan la costumbre.

Una de las cosas que trajo la pandemia a casa fue ira, mi hija no está igual desde que volvieron a cancelar las clases, está enojada, más frustrada y con un temperamento mucho más insistente. Quiere que juegue a ser su amiga, su hermana, su vecina, nunca su mamá obvio. Es preocupante la alteración de su humor, y la evidencia en la merma de su paciencia, ahora los juegos en vez de durar 10 minutos, duran cinco, y ahí cambiamos. La siento irascible e irritable, se levanta mucho más temprano de lo habitual, duerme menos horas y con pesadillas y si bien tiene la suerte de que estoy todo el día jugando con ella e intentando hacer planes divertidos, la verdad es que hay algo que no se puede reemplazar: a los otros chicos.

No se trata de que mi hija cada tanto vea a alguna amiguita en la plaza, o a su vecina de enfrente, para no sentirse sola, se trata de cómo aprenden los chicos y el verdadero significado que la escuela tiene como institución en la vida de los más pequeñitos. Los más chiquitos aprenden de sus pares, y aprenden con sus pares, es el mismo grupo el que pone la limitación, son los otros quienes empujan a la oveja descarriada a hacer lo que hacen todos. Si en mi casa Ivy es la estrella absoluta y se hace lo que ella desea las 24 horas del día, en el jardín los juegos dependen de las ganas de todos, y mi hija, por más estrella, tendrá que estrellarse para que la inviten a jugar, aprender a dejar sus deseos de lado para unirse a los del resto. Aprender de una Seño, que no es mamá, nos ayuda a reconocer nuevos límites, a explorar consignas, nos dan ganas de impresionar, de brillar, de querer ser mejor para conquistar corazones y sonrisas. Y nuestros amiguitos son la energía misma que necesitamos para ir al aula cada día, con ellos clases que por zoom son aburridísimas, en la presencialidad se convierten en grandes aventuras que hay que vivir.

En la pandemia me di cuenta de que por más que quiera brindarle lo mejor a mi hija, que leamos cuentos, saltemos en camas elásticas, trepemos árboles, hablemos en inglés y actuemos los cuentos de los hermanos Grim, nada de lo que yo haga alcanza para reemplazar eso que realmente necesita: a los demás niños de su edad en su aula, lejos de su mamá, donde aprende a ser ciudadana, a ser civil, a ser hija, a ser alumna, a ser amiga y sobre todo a ser humana.

Hace muchísimos años Piaget ya enunciaba la importancia de los otros niños en la crianza y maduración de los más pequeñitos, la teoría hoy se reconfirma, la cuarentena nos está haciendo criar niños neuróticos, egoístas, impacientes, ansiosos, y la lista sigue. Son nuestros hijos y estas palabras no son para anda agradables, pero debemos entender, que las heridas de pandemia necesitarán de psiquis parentales fuertes para sanar, y sobre todo, muchos pero muchos otros: ¡Vivan las aulas abiertas por siempre que enaltecen el espíritu y nos ayudan a construir nuestra identidad social!

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