Miráme mirar el mundo

Hay tantas cosas de la maternidad que se dan por sentadas que nunca nos detenemos demasiado a ver cómo aprenden nuestros hijos, quizás si tenemos mucho tiempo de sobra o si somos pedagogos natos podemos entender qué está pasado por la cabecita de quienes más amamos a medida que crecen. Como bien explique en otros posts he renunciado a mi trabajo por los obstáculos logísticos con los que me dejó la pandemia, no obstante utilizo mi tiempo para mejorar el tiempo que tengo con mi hija. A sus cuatro años, los juegos son distintos, las contestaciones comienzan a subir de nivel y su carácter cada dia parece más marcado, así como las cosas que desea y las que no. Ante estos cambios y sus nuevas actitudes, me di cuenta que escalar el nivel de irritabilidad del hogar ante un berrinche es tremendamente perjudicial, porque los chicos no entienden por qué nos enojamos, por que podemos amarlos tanto y al mismo tiempo ser terribles villanos a quien temer. Y por eso titule esta columna mírame mirar el mundo, porque el secreto para no tener que llegar a esos enojos inútiles está en observar cómo ellos incorporan el conocimiento.

Los niños pequeños son esponjas, esta si que es una frase hecha, pero son esponjas porque realmente absorben todo el conocimiento, no partes, no segmentos. El niño absorbe todo por medio de la imagen, lo que ve, lo que oye, queda grabado en su mente como un patrón. No necesita repetir, memorizar, necesita ver en acción, incorporar lo que está bien y lo que está mal depende de lo que observe en su entorno. Por ende, ante una situación que podemos denominar berrinche, si la mamá grita, si la mamá pega, o encierra, o se desquicia, el niño también observa, el berrinche escala, la comunicación no existe. Ahora, la cuestión es, cómo hacer para no llegar al berrinche y lograr que el chico pueda expresar su frustración y descontento, haciendo!!!

A modo de ejemplo: Una de mis principales preocupaciones es que mi hija no acepta los tiempos de los demás, básicamente pretende que el día sea 100 por ciento juego y 0 obligaciones. En algún momento me enojaba mucho, y le decía “Ivana, mamá ahora tiene que hacer tal o cual cosa”, y lo que conseguía con mis palabras eran acciones de venganza que terminaban en peleas intestinas en las que ninguna de las dos terminaba contenta. Este fin de semana decidí mirarla y mirar el mundo como ella lo mira. Teníamos que limpiar, pero ella quería jugar. Entonces comencé a pasar el trapo, cuando vio que yo no prestaba atención a lo que ella deseaba hacer, comenzó a concentrarse en mi. Puse música y baile con el secador de piso, (intentando simular lo divertido que era limpiar), esto cautivó su atención y cuando la tuve cerca le pregunté: “¿Quéres secar?”. Y así, con la torpeza propia de un niño intentó secar el piso. Seguimos con los quehaceres, yo tenia que cocinar una torta de manzanas, obviamente preguntarle ¿Querés cocinar? era un error, porque la respuesta ante todo es no. Y por eso decidí darle un desafío, cortar una manzana. Sabía que la tarea era ardua e iba a aletargar la mañana,pero en vez de enojarme por lo mucho que tenia que hacer, y que ella se enojara mas por no poder hacer lo que deseaba, conseguí negociar y hacer todo juntas. Es claro que no iba a cortar toda la manzana, pero nos arriesgamos, nos miramos, y despacio empezamos a aprender. Ella me mira a mi, todo el tiempo, mira y absorbe, mira y aprende. Yo tenia que cortar la manzana, ella ahora podía seguir sola. Terminamos la torta y siguieron los platos sucios del lavabo. “¿Te gustaría subirte en la banqueta y ayudarme a hacer pompas de jabón?”, detergente en mano, dos esponjas, mucho jabón, manos que van y que vienen, observación y diversión. En un dia común y corriente, mi hija se hubiese enojado por el tiempo que la madre le dedicaba a los quehaceres del hogar, en un dia de aprendizaje mutuo nos entendimos. No hay que gritar, o hablar de más, hay que entender que cada segundo es un aprendizaje total para ellos, y que por eso tenemos que tener dos grandes aliados, la paciencia y la propia observación, porque si deseamos que hagan algo, debemos hacerlo nosotros primero y darles a ellos el lugar para empezar a tomar hábitos propios. Y para todo esto se necesita integrarlos, darles confianza y generarles esa curiosidad que los saque por un rato de su propio ombligo.

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