Cuando los chicos se sienten mal

¿Se acuerdan de alguna vez que se hayan sentido realmente mal de pequeños? Aparece el reflejo de mamá haciéndonos un rico te con galletitas de limón para cuando teníamos fiebre, o quizás una abuela adorada, cuidándonos hasta la madrugada con pañitos fríos. Hay quienes me dirán que la idea de que la mujer sea la que cuida a los niños cuando enferman es parte de la sociedad patriarcal en la que nos crían, si bien es, claramente parte de esta construcción social, por la cual la mamá, o la abuela, pasan más tiempo en casa y por ende cuidan al pequeño, la realidad es también existe un cierto componente mágicamente instintivo que hace que el sexo femenino tenga cualidades únicas para asistir a los pequeños.

Cuando los chicos enferman, se sienten abrumados, especialmente los más pequeños, que a diferencia de un niño grande no pueden verbalizar lo que les pasa. Sólo saben que se sienten mal, lloran, están fastidiosos, no saben qué quieren hacer, cuándo y cómo, porque no pueden describir su situación ni la causa de su malestar, el tiempo, las horas, el día, los niños lo miden según las acciones, ellos no pueden determinar qué les pasó, cuando empezó ni por qué; están tristes porque no pueden hacer lo de siempre y basta. Los adultos, a veces perdemos la paciencia, porque nos duele verlos vulnerables e incapacitados y queremos hacer lo que más podamos para ayudarlos, y quizás tanto queremos hacer que no los escuchamos, ni a nuestros hijos ni a nuestro instinto, y seguimos pensando: tiene que comer, tiene que dormir, tiene que tomar el remedio, tiene que cambiarse, tiene, tiene, tiene, en medio de un mar de lágrimas, completamente innecesario.

Básicamente, cuando los niños se sienten mal, hay que acompañar. Desde ya que hay que llamar al médico, pegarle una visita es de necesidad y urgencia, pero en el medio del proceso, durante una gripe, una viral, cuadros con fiebre y malestar general, hay que darle al niño lo que el niño quiere. El niño quiere afecto, quiere vientre materno, quiere estar acunado con su mamá, no porque entienda que vive en una burbuja socialmente construida,  sino por propio instinto. La madre, aquí en el mundo de los hombres y en el del resto de los animales protege a sus cachorros, tiene la obligación de dar paz, cariño y confort aún en los peores momentos. Su presencia alivia sufrimiento, en todos los momentos. Por eso, si tu hijo sufre dolor, intenta estar a su lado, sin importar el cansancio, los deberes y las obligaciones – generalmente mentales.

Vivimos tiempos difíciles en los que las obligaciones de la vida, sobre todo las laborales, hacen que muchas mamás, tengan que dejar a sus pequeños al cuidado de otros aún cuando se sienten mal, y se van tristes y culpables a sus empleos, sabiendo que atentan contra su instinto principal. Lamentablemente, tenemos que aprender a imponernos para generar un mundo mejor para nosotras como mujeres y madres y para nuestros hijos, que serán los padres del mañana, los líderes de las comunidades, los empleados y empleadores que deben entender cuál es el verdadero rol de la mujer, más allá de sus elecciones sexuales, libertades e igualdad salarial.  No por quedarte o decidir quedarte a cuidar a tus niños te convertís en material descartable, sos aún más valiosa, por todo el amor que tenés para dar en cada ámbito que vas, tu empleo, tus amistades, tu hogar, tu familia. La mujer merece saber que hay mundos que le son propios y que su cruzada, además de todas las otras conquistas y victorias que ha obtenido, la real cruzada es criar un mundo con más amor, y por eso se debe a sus hijos – más allá del padre, compañero, compañera que tenga.

Es imperioso para que un niño se cure rápido, estar, abrazar, acompañar, tener a upa, mimar, dormir en colecho, respetar lo que necesita el niño sin reglas, sin normas y obligaciones durante ese momento excepcional, de disconformidad. Se produce en ese momento la inversión de la norma, es como un carnaval, momento en el que no hay jerarquía entre la mamá y su bebé y que vuelven, por unos instantes a ser uno, uno como eran antes, uno por un rato, uno en un lazo que cura.

El pequeño sólo quiere refugiarse en lo que considera seguro, él no sabe lo que es estar solo, aún busca el calor del vientre de su madre, eso que lo cobija más allá de su padecer. En estas edades en transición, con niños que todavía son infantes,  todos en casa, tenemos que entender, cuán importante es que mamá esté bien, para darle al pequeño el acompañamiento y amor que necesita, los besos y cuidados que van más allá del jarabe de turno, y el resto de las medicinas. Papás, abuelos, abuelas, empleadores, amigos, ayuden a las mamás a estar a tiempo donde deben estar, sin molestar.

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