Festejando el 25 de mayo

En vísperas del 25, quería compartir con todos ustedes un pequeño discurso en homenaje a los inicios de mí país. Es una historia para contar en familia. Espero la disfruten, aún, cuando no necesariamente es para bebés.

Hubo un día en el que un rey fue obligado a dejar su trono, y como dice el dicho “El que se fue a Sevilla perdió su silla”, esta es, la historia de Fernando VII y lo que después será la República Argentina. Nuestra historia nacional, o al menos, la historia institucional de Argentina como país, se inició un día como hoy, hace 209 años.

Antes de ser país, éramos gobernados por un virrey español en nombre del rey de España, una especie de provincia, apéndice, periferia, lejos de todo, cerca de nada. Pero cuando Napoleón invadió España, la corona quedó vacante, y aquí en el Rio de La plata el virrey se quedó sin poder y de repente, como si hubiera sido el producto de un torbellino, nuestra nación empezó a crecer.

Esta historia de representaciones fallidas hizo que el poder callera en manos de una institución ciudadana, llena de personajes importantes con distintas ideas: “El Cabildo”.

El cabildo era algo así como un espacio de discusión y decisión en el cual las personas más prominentes de la ciudad de Buenos Aires, ayudaban al virrey a tomar decisiones. Pero, nuevamente, si el virrey no tenía a quien responder, porque en España no había rey, entonces, el Cabildo tenía la obligación de ejercer su autoridad, hasta qué volviera el rey. Y casi como en un sueño, un razonamiento lógico se convirtió en una causa independentista y se formó entonces, el primer gobierno patrio del país.

Muchas cosas nos hicieron despertar como pueblo, algunos años atrás otra revolución había legado un país independiente más al Norte, Estados Unidos, esas ideas y la necesidad de enriquecernos económicamente, las ganas de generar más, y no tener que depender sólo del monopolio español, comenzaron a despertar mentes. Además, teníamos un problema grave en Buenos Aires, no sólo queríamos comerciar libremente con otros países como Inglaterra, sino también queríamos que los nacidos en la patria pudieran acceder a cargos políticos, que anteriormente estaban manejados pura y exclusivamente por españoles. Ejército había, porque ya en 1806 y 1807 cuando sucedieron las invasiones inglesas, los criollos habían sido armados y habían dejado todo para defender la ciudad. Era el momento esperado, teníamos al fin la fuerza necesaria para hacerlo, pero ¿Podíamos? La historia nos daba una oportunidad única e irrepetible.

El asunto era, ¿Qué hacer? ¿Qué tipo de patria queríamos crear? ¿Cuánto de lo viejo queríamos conservar? ¿Cuántos ingredientes nuevos habría que meter en este proyecto distinto? ¿Queríamos seguir siendo españoles o queríamos tener un nombre nuevo? Nadie, en ese gobierno llamado “primera junta”, era consciente realmente del impacto que esas decisiones tendrían en el futuro. Los líderes patrios, sin saberlo habían iniciado una revolución y caminaban los primeros pasos de este país “in the making”. Era como una receta de cocina nunca antes probada; tenía muchos ingredientes: un poco de republica, algo de monarquía, un poco de catolicismo, algo de imperialismo, un poco de liberalismo, sobre todo y mucha voluntad. Era más bien un experimento lo que sucedió ese 25 de mayo, que algo realmente concreto. Belgrano, el responsable de nuestra bandera, uno de los principales padres de la patria y vocal en la primera junta, quería un gobierno monárquico, es decir otro rey, pero distinto, no español; se le ocurrió inclusive pedirle a la princesa Carlota Joaquina de Portugal asistencia, pero el proyecto caducó. Alberti, también vocal, era comerciante, y obviamente quería el fin del monopolio español para poder vender y comprar a mejores postores. Moreno, secretario de la primera junta, líder por el que tengo una apreciación personal particular era demócrata. Inspirado en los ideales de la revolución francesa él quería dar un paso más, romper con todo, crear desde cero una república independiente, hacer de las ideas una realidad. Saavedra, junto con otros, era defensor de los valores tradicionales, militar de carrera, sospechaba de los procesos revolucionarios y se disponía a cuidar de los territorios de Fernando VII hasta que se restaurara la monarquía.

Imagínense una revolución con gente que pensaba tan distinto. Bueno, se logró, no fue todo color de rosas, hubo sangre, hubo represión, hubo guerra, conspiraciones, desconfianza y pérdida, pero hoy, en el 2019, gracias a ese movimiento que se iniciara más de un siglo atrás, tenemos un país.

Ese país tiene las mismas diferencias que 200 años atrás está constituido por gente distinta, de distintas naciones, con distintos gustos, con distintas lenguas natales, con distintas profesiones, con distintos ideales políticos y tradiciones, tan distintos somos que muchas veces, no encontramos espacios suficientes para hacernos escuchar.

Hoy, estamos como entonces, porque somos un pedacito de eso que quisimos ser, y tenemos la obligación de renovar esas ideas, ese pacto nacional, todos los días desde cero. Ya no necesitamos una revolución para cambiarlo todo, sólo necesitamos reflexionar sobre cómo un proyecto tan hermoso como el de nuestra Argentina, surgió de la pluralidad de ideas y de la discusión y cómo, para continuar con esta nación necesitamos aprender a valorar eso que nos hizo únicos: el disenso, la pluralidad de ideas y la discusión. ¿Quién sabe qué crearemos después? En sus manos está construir la nación del futuro, mirando al pasado, desde el presente, para aprender, valorar y reconstruir, siempre.

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