Dejar de trabajar para ser mamá

Estuve reflexionando mucho estos últimos meses, básicamente la pregunta era ¿Cómo pretende la sociedad que sean las nuevas madres? Digo, la mujer antes tenía el rol de proteger su hogar, de cuidar, nutrir y administrar. Con el ingreso al mercado laboral tuvo que dividir su ser en dos, seguir nutriendo y siendo el eje de la familia, mientras alcanzaba el éxito económico y el reconocimiento social en alguna carrera prestigiosa. La madre perfecta parecería ser la que combinaba el ser profesional con el ser maternal, sin importar el costo ni la irrealidad de la propuesta. Como bien sabemos, todos nos movemos por expectativas que construimos a partir de ideales en nuestras mentes, desde pequeña yo sabía ya que la dualidad era inherente a la condición femenina: ¿Familia e hijos o trabajo y prestigio? Cuestión que hasta que no me pasó no lo pude vislumbrar por completo. De repente un dia me levanté después de amamantar a mi hermosa bebé de año y 4 meses unas 10 veces por noche y dije ¿Qué estoy haciendo? Eran las 6 y media de la mañana y yo estaba temblando en la cocina con un café, rogándole a dios que la tomada de teta de las 7 am fuera salteada para poder cambiarme y llegar al trabajo medianamente presentable, al menos, peinada. En el medio, me siento mal, uno, tengo colon irritable, producto del no dormir y querer jugar a la mujer maravilla, dos, tengo culpa: me voy a ir quizás sin verla despertar. ¿Es justo que mi hija tenga que despertarse con la niñera? ¿Por qué no puedo estar con ella, si se que puedo reducir mi economia y posponer mi trabajo? No es un tema de dinero, es el qué dirán, sumado a todos los comentarios sociales circundantes que básicamente dicen que para ser madre hay que serlo con horarios, sino uno se cansa. ¡Qué mal que estamos! Mi bebé, formando su carácter, su personalidad, y yo volviendo a casa después del trabajo, muerta, siguiendo con la guardia alta para jugar y crear con ella , e intentar suplantar eso que no pude hacer a la mañana. Voy al pediatra y me dicen, sea una mujer moderna ¿Cómo puede ser que su hija no tome ni una mamadera? “¡tiene que cortar la lactancia, el vínculo se vicia por la secresión de oxitocina!”Aquí es donde me planto. Mi cuerpo tiene leche, porque mi bebé necesita esa leche, sigo produciendo porque me es natural, ¿y por qué habría yo de cortar con eso que es natural porque hay que darles mamaderas y salir trabajar para usar el mismo sueldo para pagarle a la niñera? Estamos todos locos…. somos las grandes madres que se llenan la boca con fotos en las redes sociales y que no crian. Yo juego con mi hija, pinto, bailo, salto, le doy teta mil veces por día, le hago de comer, la nutro, la mimo, la llevo a la plaza y hasta a matronatación. Tengo un marido en el medio, obviamente, e intento estar ahi también, quedarme despierta cuando la nena duerme, un rato, sólo para compartir, para decir “hola”… voy a trabajar, soy profesora de historia y filosofia y periodista y así sigo, y encima tengo perros a quienes cuido como bebés. Cuestión, es natural que yo no de más…. ¿Pero por qué no me es natural poder decir basta? Hoy me tomé licencia en mi trabajo y tuve tanto miedo, miedo de pedirla, miedo de decir, no puedo con todo… ¿Es que la sociedad nos está pidiendo cosas surrealistas? ¿En qué momento construimos ídolos de barro inalcanzables y nos pusimos metas obtusas? ¿Fue en la escuela, fue en la familia, dónde me enseñaron que tengo que ser un burro de carga? ¿Y más aún dónde me enseñaron que para ser mujer hay que poderlo todo?Mi replanteo es este, me parece que estamos haciendo las cosas mal, muchos y la mayoría, trabajamos por necesidad, pero no todo es tan necesario, y lo más importante es que en la crianza de nuestros pequeños radican los cambios del futuro ¿No sería mejor sentarnos a criar, parar un poco y volver a empezar? Mujeres, seamos más mujeres, démonos el lugar que nos corresponde, no querramos suplantarnos por mamaderas, botellas y nanas, son nuestros hijos, nuestros bebés, dos años que se van volando y una salud que no vuelve: DISFRUTEMOS. Hoy gente bella los dejo con esta mínima reflexión: ¿Qué hemos ganado, y qué estamos haciendo? ¿Y sí ser mujer cambió y estoy evaluándonos con los ojos del pasado, entonces en qué radica la felicidad de las madres del presente?IMG_7920

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La crianza exclusiva y la discriminación social

Hace exactamente dos años que estoy a tiempo completo con mi hija, estar estuve siempre, pero digamos que el año de la pandemia y este, que no trabajé, me hizo pensar mucho sobre mi rol de mamá y mi rol de mujer. A pesar de lo que puedan creer, siento que por cada momento de intensidad con mi hija, por cada goce infinito de experiencias nuevas, mi aceptación social cae de manera directamente proporcional.

Este post es para todas aquellas que se hayan percatado de lo mismo, que la sociedad condena el goce de la maternidad y seguramente esto también sea culpa del patriarcado, o vaya a saber de quien más…

En el siglo de super mujeres, esas que son fit, empresarias, emprendedoras, exitosas, madres, esposas, hijas, amantes y reposteras al mismo tiempo, no hay lugar para la crianza exclusiva. Ese modelo retrógrada de tapa de revista de los 50′ revestido de botellas de vidrio de Coca Cola quedó para el olvido, es casi como ir marcha atrás en el tiempo. Y precisamente ese es el modelo que elegí yo, una persona preparadísima a nivel intelectual para encarar muchos desafíos, que lo invirtió todo en la crianza de su hija. ¿Y a dónde me condujo todo esto? A gozar de momentos increíbles con mi compañerita de aventuras, a disfrutar de nuestras caminatas, de nuestros aprendizajes continuos, del placer que acompaña el vernos crecer, y a la soledad más absoluta. Soledad social, soy un paria, no hay lugar para mi en ningún lado, y para mi hija tampoco. Mi dedicación fue tal, que el desempeño de mi pequeña en distintas areas de la vida es excelso y da que hablar, mi forma de conducirme con ella llama tanto la atención que no pego ni con las madres de la escuela y ahora que no tengo si quiera mi trabajo donde refugiar lo que queda de mi identidad me pregunto. ¿En qué momento dejamos las mujeres de ser mamás? ¿Cuándo fue que la sociedad decidió priorizar otras cosas que el cuidar? ¿Por qué el sacrificio de la maternidad ya no se premia? ¿Por qué por disfrutar como si fuera maestra jardinera termino siendo condenada por el resto?

Está llegando el día de la madre y siento que es casi como navidad, una fecha comercial, donde escuchas discursos progresistas acompañados de ventas de heladeras y licuadoras nuevas, dónde se celebra la nada misma y no se tienen conversaciones reales sobre lo duro que es vivir como este siglo nos impone. Sobre lo imposible que es ser mujer en este siglo individualista, en una época en donde se impone al éxito como marca máxima y al individuo como centro de todas las acciones. Bueno, individuos, el hombre es social, nació para brindarse, para cuidar, para gestar, para compartir en comunidad, y las madres tendrían que evaluar prioridades, terminar con la culpa y disfrutar del rato que sea que tengan defendiendo ante todo su derecho a criar. No quiero condenas sociales por decidir criar, no quiero tener que explicar qué hago con mi dia, como si criar implicase que no hago nada, quiero ser valorada por mi rol y punto, porque desde que estoy en mi casa a tiempo completo, me di cuenta de tantas cosas, puedo mejorar tantas otras, repensar modos, concentrarme en cosas que si no el tiempo opta por dejar decantar…

Hoy fuimos a patinar con Ivy, estuvimos una hora con música en una pista de patín, solas contra el mundo, nos empujaba el viento y nos hacía crear coreografías nuevas con cada compás. Allí estábamos ella y yo, y por esa hora nadie más, nada en mi mente que no fuera ese momento, ni el trabajo, ni la casa, ni los impuestos, ni la política, ni nada. Nunca me sentí más viva, que enseñándole a mi hija a disfrutar del mundo que le lego, y si esa es mi misión en este mundo, entonces, me convertiré en paria, hasta que alguien se digne a demostrarme que no estoy tan sola, ni tan loca.

Creando historias

A menudo nos sucede que buscamos nuevas maneras de conectar con nuestros hijos, y con el trabajo en casa durante la pandemia, nos percatamos que para ellos imitarnos trabajar también puede ser un juego. Hoy te cuento cómo mi hija comenzó a crear sus propios cuentos, algo que obviamente vio que hacía yo, pero que le gustó tanto que decidió compartir.

Hacemos un cuento juntas? Me dijo ivana tras pasar por la librería y elegirse el nuevo cuento de la semana. Es un hábito que tenemos una vez por semana pasamos por la librería y compramos alguna nueva lecturilla para calmar el corazón y fomentar la imaginación. Cómo el cuento era de mariposas a ivana se le ocurrió una súper idea, contar ella la historia. Su historia de mariposas, y dibujarla, ilustrarla con sus propios diseños. Primero hiZo sola los personajes, la mariposa y a la niña del cuento, llamada lucia. Y mientras dibujaba comenzamos a imaginar, yo proponía y ella disponía, terminando las frases para hacer suyo el cuento.

Luego, mamá paso la historia a limpio y búscalos materiales, marcadores, hojas, pegamento, brillantina, y cómo si fuera un libro de verdad hicimos el nuestro. Cada parte del cuento estaba ilustrada mostrando la escena principal, decidimos pensar juntas que poner en cada hoja, e ivana se dedicó a pintar al detalle las acciones de su protagonista.

Al final del día abróchamos las hojas y generamos nuestro propio libro, una historia nueva, original y divertida que a ella la ayudo a pensar y a mi también, pues vi que mi hija valora mi trabajo y sabe que contar historias requiere de mucha paciencia. Jugar a imitarme le abrió una puerta a mi mundo, uno que ella también comparte y del que también aprende, aún cuando los adultos no nos demos cuenta.

Y vos, que esperas para crear tu propia historia? O mejor dicho? Para jugar con tu hijo a trabajar de lo que sea qué haces? Comparte y verás como a todo se puede jugar!

Necesito de los demás para crecer

En Argentina la cuarentena sigue y los derechos de los niños se ven cada vez más vapuleados, las escuelas permanecen cerradas y las instancias de compartir respetando reglas y normas se diluye, obligando a padres y madres a buscar límites donde no los hay y a encontrar maneras creativas de vincular a nuestros hijos con otros para que no pierdan la costumbre.

Una de las cosas que trajo la pandemia a casa fue ira, mi hija no está igual desde que volvieron a cancelar las clases, está enojada, más frustrada y con un temperamento mucho más insistente. Quiere que juegue a ser su amiga, su hermana, su vecina, nunca su mamá obvio. Es preocupante la alteración de su humor, y la evidencia en la merma de su paciencia, ahora los juegos en vez de durar 10 minutos, duran cinco, y ahí cambiamos. La siento irascible e irritable, se levanta mucho más temprano de lo habitual, duerme menos horas y con pesadillas y si bien tiene la suerte de que estoy todo el día jugando con ella e intentando hacer planes divertidos, la verdad es que hay algo que no se puede reemplazar: a los otros chicos.

No se trata de que mi hija cada tanto vea a alguna amiguita en la plaza, o a su vecina de enfrente, para no sentirse sola, se trata de cómo aprenden los chicos y el verdadero significado que la escuela tiene como institución en la vida de los más pequeñitos. Los más chiquitos aprenden de sus pares, y aprenden con sus pares, es el mismo grupo el que pone la limitación, son los otros quienes empujan a la oveja descarriada a hacer lo que hacen todos. Si en mi casa Ivy es la estrella absoluta y se hace lo que ella desea las 24 horas del día, en el jardín los juegos dependen de las ganas de todos, y mi hija, por más estrella, tendrá que estrellarse para que la inviten a jugar, aprender a dejar sus deseos de lado para unirse a los del resto. Aprender de una Seño, que no es mamá, nos ayuda a reconocer nuevos límites, a explorar consignas, nos dan ganas de impresionar, de brillar, de querer ser mejor para conquistar corazones y sonrisas. Y nuestros amiguitos son la energía misma que necesitamos para ir al aula cada día, con ellos clases que por zoom son aburridísimas, en la presencialidad se convierten en grandes aventuras que hay que vivir.

En la pandemia me di cuenta de que por más que quiera brindarle lo mejor a mi hija, que leamos cuentos, saltemos en camas elásticas, trepemos árboles, hablemos en inglés y actuemos los cuentos de los hermanos Grim, nada de lo que yo haga alcanza para reemplazar eso que realmente necesita: a los demás niños de su edad en su aula, lejos de su mamá, donde aprende a ser ciudadana, a ser civil, a ser hija, a ser alumna, a ser amiga y sobre todo a ser humana.

Hace muchísimos años Piaget ya enunciaba la importancia de los otros niños en la crianza y maduración de los más pequeñitos, la teoría hoy se reconfirma, la cuarentena nos está haciendo criar niños neuróticos, egoístas, impacientes, ansiosos, y la lista sigue. Son nuestros hijos y estas palabras no son para anda agradables, pero debemos entender, que las heridas de pandemia necesitarán de psiquis parentales fuertes para sanar, y sobre todo, muchos pero muchos otros: ¡Vivan las aulas abiertas por siempre que enaltecen el espíritu y nos ayudan a construir nuestra identidad social!

La pandemia mató mi individualidad

Cómo la pandemia sobrecargó nuestra maternidad

Estoy en la cocina intentando terminar una tarta para dejar lista la cena, mi cabeza va a mil, aún hay que bañarse, preparar la mesa, jugar un rato más, leer cuentos y hacer muchos mimos antes de que lleguen esos 40 minutos de gloria en los que leo un libro o converso por fin, con un adulto, que claro, es mi marido, y en vez de hablar conmigo prefiere ver correr a los hombres de barba detrás de la pelota de basketball. ¿Y saben que? Lo entiendo, trabajó todo el día y quiere relajarse. Mis pensamientos son interrumpidos por una catarata de pedidos variados que van desde jugar en la casa de las barbies hasta papas fritas y la búsqueda de algún peluche perdido. Termino la tarta, sí, pero no necesariamente como quiero. No me preocupo, sobreviviremos, no será la del chef, pero se va a poder comer. Ah sí, esperen un minuto, tengo una idea, mejor me baño con Ivy así mato dos pájaros de un tiro…. (mal plan)

Así es la vida después de las 18, ni les cuento antes. Sabemos que la pandemia puso en evidencia la condición desigual de la maternidad, no lo digo como feminista ni manifestante, sino como mujer. Muchas de nosotras tuvimos que hacer renuncios en pos del cuidado del hogar, y sin darnos cuenta nos sumergimos en el mundo doméstico de manera absoluta, sin ser necesariamente peces en el agua. Dejando de lado las cuestiones laborales, la cantidad de mujeres que intentan hacer Home office y luchan contra los molinos de viento, las que están sin ayuda, las que tienen que salir a trabajar igual y el resto, quiero hablar de otras cuestiones que van más allá de las decisiones que todas tuvimos que tomar a causa de la pandemia.

Sí claro, algunas como yo tuvieron que dejar su empleo, porque no había instancias para el cuidado de los chicos, las niñeras no venían por miedo al Covid o porque no podían circular, las escuelas no funcionaban, y en Argentina aún funcionan, y eso fue terrible, nos quedamos sin la posibilidad de salir de casa y en vez de mejorar, muchas cosas empeoraron. Básicamente las mujeres nos diluimos de repente entre el color de las paredes del hogar y pasamos a un lugar de invisibilidad tal que nos genera más desgaste que los mismísimos síntomas del Covid. En mi caso personal perdí absolutamente horas de soledad, no estoy nunca sola, cosas que antes hacía en la individualidad como ir a trabajar, dejaron de existir. Y las otras cosas de la cotidianidad pasaron a ser compartidas con mi hija, con quien estoy pegada, literalmente las 24 horas: a pasear los perros con la niña, porque debe acompañarme, ya no más caminatas de reflexión. A cocinar como se pueda entre dibujos y barbies, porque aún mientras se cocina hay que entretener. A bañarse con la niña, porque el tiempo vuela, olvídense de peinarse o ponerse ropa decente, no hay tiempo para nada. A hablar por teléfono con la niña, que escucha todo y conversa, adiós a la posibilidad de descargo con una buena amiga o una terapeuta. Adiós al tiempo libre, sin actividades extra curriculares, y con la obligación de permanecer en todas porque nadie puede tocar al niño, ya ni podemos liberar nuestra mente de las necesidades de los más pequeños ni un segundo, y como realmente ellos necesitan nosotras seguimos.

Llega la noche y no puedo dormir, estoy destruida pero mi cabeza sigue a mil, anhelo escribir, liberarme un rato, ponerme auriculares y salir a correr en medio de la noche solo para sentirme llena, la luna y yo. No puedo, no sólo por el toque de queda, sino porque si Ivy llora (como hace todas las noches) y me llama tengo que estar, para colmo de males mi esposo no entiende que realmente necesito soledad, esa que nutre, esa que nos pone más lindas. Por un minuto me gustaría escuchar «wonderful world» y que se me caiga una lágrima, una que nadie ve, y que me hace sentir viva. Mi espíritu se está muriendo, me estoy consumiendo, y no quiero, maldita pandemia, maldita desigualdad, yo existo, pero a nadie le importa. No quiero acostumbrarme a esto, la maternidad no debería ser así, amo a mi hija y amo divertirme con ella, pero en mi mundo ideal pienso que ese mundo maravilloso sólo existe si tenemos opciones, y hoy no las tengo.

Y vos, ¿Qué extrañas de tu vida pre pandemia? Escribime! victorialismarino@gmail.com

Mi cuarto, mi espacio

Llega el momento en el que empezamos a notar que nuestros hijos nos dicen a cuatro vientos las cosas que les gustan, y nos damos cuenta de que su identidad comenzó a tomar forma. Y en ese preciso instante pensamos «¡Cómo han crecido!» y algunos de nosotros vamos un poquito más allá y decidimos que es hora de acompañar ese crecimiento con más cambios; mejor dicho, capitalizar de esa identidad para trabajar sobre su seguridad y construir cimientos sólidos que sostengan su niñez.

Como los chicos comienzan a estar preparados para hacer cosas solos y decidir qué desean hacer, es crucial que acompañemos esos nuevos derechos con responsabilidades, como lo es dormir solos.

Es un tema difícil para nosotras las mamás, porque sin importar qué edad tengan nuestros pequeños, para nosotras siempre serán eso, pequeños que necesitan protección, mimos, caricias y cuidado. Pero no se confundan, esos mismos niños que necesitaron cuidados las 24 horas, pueden abusarse de su posición y crecer en algunas cosas y no en otras, por ejemplo, pueden jugar a un jueguito de computadora o salir a patinar con amigos y después pedir dormir en la cama de sus papás. El asunto es que eso no tiene coherencia, cada derecho debe venir con una responsabilidad, y como nos cuesta a los de menos de 40 educar con límites, la idea de este post es buscar maneras más atractivas de conseguir lo mismo: QUE NUESTROS HIJOS DUERMAN SOLOS.

Como muchos de ustedes me cansé de leer libros con recetas mágicas, desde duérmete niño hasta no más lágrimas la idea es la misma, generar rutinas que den seguridad y refuercen ese proceso de construcción de identidad. Bueno, ¿Qué sucede si aprovechamos esa independencia para crear aún más independencia? Yo lo logré haciendo que mi hija amase su cuarto, por eso titule esta publicación «mi cuarto, mi espacio». A los niños les encanta sentir que tienen cosas propias, por eso comencé a invitar a mi hija a re-decorar su cuarto, para que sintiera que era un lugar donde plasmar sus gustos, sus deseos y sus juegos, y que no era algo impuesto, sino elegido por ella.

Por esa razón la invité a elegir su cama, a comprar su acolchado y hasta ponerle lucecitas al techo, porque de esa manera iba a desear estar en su espacio y dormir en su cama. Elegimos poner dos camas, una arriba y una abajo, de estilo montessori, para que yo pudiese acompañarla en la transición sin tener que estar siempre en la misma cama con ella. La cama de arriba tiene un techo en forma de casa y es donde ella decide dormir, es su espacio de juego también, y tener escaleras para subir la hizo sentirse grande y feliz. La cama de abajo está apoyada en el suelo, es cómoda y me permite acompañarla cuando lo necesite.

Tal es el amor que mi hija tiene ahora por su cuarto, que sólo, a sus cuatro años me dijo que no quería dormir más en mi cama, que quería estar en su espacio, en su dormitorio. Y así fue, tras colechar cuatro años non stop, hoy Ivy se mudó a su dormitorio, donde inicia el sueño leyendo varios cuentos y conmigo a su lado, y me llama a mitad de la noche si necesita reasegurar su situación. Si, no es cómodo seguir caminando como zombis cuando nos llaman a las tres de la mañana, pero es más que necesario acompañar esa transición. Cuando mi hija pide por mi yo voy, no la dejo llorar, y me quedo con ella en la cama de abajo, a veces, no miento, me quedo dormida, otras me vuelvo a acostar a mi cama.

Seguimos trabajando en esas despertadas que con el correr del tiempo seguramente se harán menos frecuentes, no obstante, hoy ella tiene su espacio, uno que reconoce y administra como tal, uno donde aprendió a hacer su cama y a preservar su orden, donde su libertad viene atada a las responsabilidades que le permiten ser dueña de su propio mundo.

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